Era una persona muy paciente, tranquila. Siempre se mantenía lejos de la polémica, las discusiones, los debates, la controversia.
Simplemente no era lo suyo.
Cuando alguien tenía una opinión diferente, podía aceptarla con tranquilidad sin sentir la necesidad de compartir la suya ni mucho menos imponerla. De hecho, muy pocos habían escuchado su opinión con respecto a algo, o a alguien, cualquier cosa.
En el amor era igual. Muy complaciente (a veces excesivamente), evitaba los altercados a toda costa, incluso cuando tenía razón, y siempre terminaba disculpándose antes de tiempo, aunque no hubiera cometido ningún error.
Siempre cedía, hasta en las cosas más sencillas: “Quiero comer pizza hoy, decía, pero yo quiero hamburguesa, le decían, está bien, hamburguesa está bien, cedía”.
“Quiero ir a cine hoy, decía, pero yo quiero salir a bailar, le decían, está bien, bailar está bien, cedía”.
Y así con todo, hasta que un día le pidieron que cambiara de personalidad, de pasiones, de reacciones, de pensamientos, de sentimientos, de pasatiempos…
Y lo intentó. De verdad lo intentó, pero dejó de ser.
Y perderse a uno mismo es peor que perder la vida.
Entonces aprendió.
Aprendió que hay que ceder lo necesario, sí, pero no lo suficiente como para matar nuestras fibras vitales, nuestra esencia, lo que nos hace ser quienes somos. Eso también es suicidarse.
Y lo más cruel de suicidarse en vida es seguir viviendo.